Servir es vivir

    Servir es vivir

    Alguien dijo: “El que no vive para servir no sirve para vivir”.  Literalmente, todo hombre que recibe el sacerdocio es “llamado a servir”.

    Espiritualmente hablando, todos nosotros, podemos contemplar las bendiciones de esta vida y de la eternidad. Podemos descubrir que por medio de las donaciones pequeñas de tiempo, a diario, como el estudio de las Escrituras, la oración y la meditación,  tenemos algo divino en nuestro interior.
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    Extiendan su visión y reconozcan que tienen parentesco con Dios; eleven la vista y vivan dignos del sacerdocio que el Señor ha restaurado a la Tierra en nuestra época. Aprendan a controlar sus pasiones, deseos y apetitos.

    Cada hombre que posee el sacerdocio y cada mujer o miembro que disfrute de sus bendiciones debe  cumplir con la gloriosa responsabilidad de predicar las buenas nuevas de la Restauración, las cuales son: que Jesús es el Cristo y que no hay otro nombre dado en el cual haya salvación, que José Smith fue un profeta que, guiado por mensajeros divinos, restauró con poder y autoridad todas las ordenanzas y convenios que se encuentran en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. En todo miembro de la Iglesia debe arder la convicción personal de que la misión de Jesucristo fue única: como Hijo de un Padre Celestial Eterno y de una madre mortal especialmente escogida, llegó a ser el Unigénito, el Hijo de Dios, lo cual lo calificó para ser el Mediador, el Salvador y el Redentor del género humano.

    Aunque lo calumniaron, escupieron, golpearon, azotaron y humillaron, permaneció “como una oveja muda ante sus escarnecedores” (Isaías 53:7). Murió a una edad temprana; era joven y fuerte, de sabiduría ilimitada. Su sacrificio fue doloroso pero imprescindible. Fue el primero que resucitó revestido de gloria y vida eterna.

    La expiación del Hijo de Dios abrió la posibilidad para que todo el género humano pudiese volver a la presencia del Padre. Ahora nos dice que lo sigamos y que hagamos las cosas que le hemos visto hacer (véase 2 Nefi 31:12). Los miles de miembros que sirven fielmente a su prójimo según las enseñanzas de nuestro Salvador lo pueden testificar, al contar sus bendiciones porque sólo entonces se dan cuenta que en realidad no han sacrificado nada.

    Permítanme compartir con ustedes una experiencia de fe. El élder Hermelindo Coy era hijo único. Salió de su aldea, Senahú, por primera vez en su vida para entrar en el Centro de Capacitación Misional el 14 de marzo de 1991, y dejó sola a su mamá. Aunque tenía sólo dos años de ser miembro de la Iglesia y era muy tímido para hablar con la gente, su determinación de servir era grande. Había cursado menos de cinco años de escuela primaria en su idioma nativo kekchí, y el idioma oficial de Guatemala, el español, era una lengua extraña para él.

    Durante su misión aprendió a vivir con dolor en una pierna y rara vez se quejaba. En agosto de 1992, además de sentir más dolor, notó que tenía algo anormal en la rodilla. Un examen médico diagnosticó que tenía cáncer en los huesos. El cáncer se había reproducido en el hígado, los pulmones y en el sistema linfático. Con la ayuda de un intérprete y con ejemplos de la vida del campo, se le ayudó a comprender que tenía poco tiempo de vida.

    Nunca preguntó: ¿Por qué me tiene que pasar esto a mí? No se lamentó ni expresó sentimientos negativos. Él pidió quedarse en la misión hasta donde le fuera posible servir, o hasta que muriera.

    Para octubre de ese mismo año ya caminaba con dificultad y sólo podía trabajar algunas horas al día; en diciembre ya no podía caminar. Fue la primera vez que se sintió desanimado porque no podía trabajar. Su preocupación siempre había sido que quién cuidaría de su madre cuando él muriera.

    En una de sus visitas, el presidente de misión le pidió que enseñara la doctrina básica de la Iglesia a su mamá, quien, junto con las misioneras de bienestar, permanecía con él las 24 horas del día. Cuando le enseñó a su mamá el plan de salvación en su lengua nativa, irradiaba seguridad y luz; enseñaba con poder y convicción.

    A medida que sus fuerzas se agotaban, tenía más y más confianza en el Señor. En una ocasión en que el dolor era muy intenso, expresó en una oración: “Padre Celestial, yo no sé el día ni la hora en que moriré, pero espero que pronto me digas cuál va a ser mi nueva asignación”.

    Murió en febrero de 1993. Su ejemplo fue una bendición para todos los misioneros, los líderes, los miembros e incluso los que no eran miembros que se enteraron de su valor y de su perseverancia hasta el fin. Su fe era tan simple que se contagiaba. Nunca temió la muerte y fortaleció a todos los que lo conocieron.

    Mis queridos hermanos, les prometo que si sirven con la misma fe que lo hizo el élder Coy,  tendrán un testimonio más fuerte, verán más allá de lo que ven ahora e iluminarán a los que ahora están espiritualmente ciegos y los prepararán para volver a Cristo. Levántense y hagan brillar su luz, sean como los más de miles  misioneros que hoy llevan luz, esperanza y conocimiento a los que lo necesitan.  Esta es la manera en que podemos honrar el sacrifico de nuestro Salvador a favor nosotros por reflejar Su luz en la vida de nuestro prójimo.