Hicimos del día de reposo una delicia

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    Rosangela recuerda cómo aprendió en su juventud a guardar el día de reposo.

    Cuando era niña deseaba que llegara el lunes, porque todo el domingo me parecía un día de restricciones.


    El día de reposo no siempre fue una delicia para mí. Cuando era una niña lo veía como un día de restricciones. Me centraba en las cosas que no podía hacer los domingos, y el día se me hacía tan largo que esperaba con ansias la llegada del lunes. 

    Cuando crecí, aprendí a disfrutar y a deleitarme en el día de reposo gracias a mis amigos. Nos veíamos después de las reuniones en una casa para hablar de las experiencias espirituales que habíamos tenido en las reuniones de la mañana y para estudiar la asignación de la Escuela Dominical de la siguiente semana. 

    Esa actividad fortalecedora y protectora comenzó con cuatro amigos, y con el tiempo se sumaron más jóvenes. Después decidimos hacer esa actividad en los hogares de aquellos que habían dejado de ser constantes en asistir a la capilla. 

    Esto hizo que el día de reposo se volviera una delicia. Con el tiempo llegamos a ser más de 10 jóvenes participando en la lectura dominical.  Y así como creció el número de asistentes, también la cantidad de casas en donde nos congregábamos para hacer de este día, un día santo y de ministración.  

    Ahora tengo mi propia familia, y mi esposo y yo inculcamos el amor por este día a nuestras hijas. 
    Yo sé que el día de reposo no es un día de restricciones, sino un día de trabajo y fortalecimiento espiritual. Es un día de gozo y de preparación, de descanso y de retiro de las actividades y cosas del mundo.

    Agradezco a mis padres que me enseñaron desde muy pequeña a creer en el día de reposo.

    El día de reposo nos permite renovar los convenios con nuestro Padre Celestial a través de la santa cena y prometer que siempre nos acordaremos de su amado hijo el Señor Jesucristo.