En mi camino a la conversión he decidido creer, amar y hacer

    Mujer SUD
    Como parte de una meta, Katherine terminó de leer el Libro de Mormón, lo que le ha ayudado a obtener un testimonio del Evangelio de Jesucristo.

    Me bauticé en marzo de 2018, y aunque otros integrantes de mi familia son miembros de la Iglesia, yo asisto sola. Sin embargo, no me siento sola. He obtenido un testimonio del evangelio de Jesucristo, y trato de ser su discípula. Un mensaje de la conferencia general me inspiró para tener esta meta en mi vida.


    En 2018 ocurrieron varios eventos importantes en mi vida: Conocí la Iglesia, me bauticé en marzo, cumplí 18 años ese mismo mes y trabajé todas la metas de Mi Progreso Personal el resto del año.

     

    Mi primer contacto con la Iglesia fue a través de los misioneros. Ellos no me buscaban a mí, sino a mi madre. Estaban visitando a algunas personas que habían dejado de asistir y así fue como llegaron a mi puerta. Creo que fueron ángeles que con su mensaje trajeron paz y gozo a mi vida, dos cosas que yo necesitaba.

     

    Por medio del Evangelio de Jesucristo, los misioneros fueron la respuesta a una oración que hice de corazón. A medida que aprendía sobre el mensaje de la Restauración, decidí orar y saber por mí misma si todo lo que me enseñaban era verdadero. En respuesta tuve sentimientos de paz, esperanza y amor que me ayudaron a saber que todo era verdad y debía bautizarme. Sé que esa respuesta vino directamente de Dios.

     

    Como miembro recién conversa serví como misionera de barrio y trabajé en mi Progreso Personal en la organización de las Mujeres Jóvenes. Mientras avanzaba en las experiencias y proyectos, me di cuenta de que este programa me ayudaría a desarrollar atributos semejantes a Cristo.

     

    Al preguntarme cómo podría fortalecer mi testimonio, escuché un mensaje de la conferencia general de octubre 2018, del élder Dieter F. Uchtdorf. Su discurso se titula “Creer, amar, hacer”. Una de las cosas que enseñó es que “logramos la vida abundante al llegar a ser verdaderos discípulos de Jesucristo, al seguirlo en Sus vías y embarcarnos en Su obra”.

     

    En el camino a mi conversión personal he decidido seguir el consejo del élder Uchtdorf de “Creer, amar y hacer”.

     

    Creer

     

    Mi pasaje favorito de las escrituras está en 2 Nefi 32:9: “Mas he aquí, os digo que debéis orar siempre, y no desmayar; que nada debéis hacer ante el Señor, sin que primero oréis al Padre en el nombre de Cristo, para que él os consagre vuestra acción, a fin de que vuestra obra sea para el beneficio de vuestras almas”.

     

    Esta escritura me gusta porque me da esperanza de que si encomiendo mis acciones a Dios, entonces Él dispondrá una manera para bendecirme.

     

    A finales de 2018 tuve una experiencia en cuanto a esto. Tenía la invitación para asistir al programa Strength of Youth (SOY), pero mi papá, que no es miembro de la Iglesia, no estaba convencido de darme el permiso. Oré mucho para que me permitieran ir, y sé que Dios ablandó el corazón de mi padre para que yo pudiera participar de ese programa tan especial.

     

    Amar

     

    Como parte de las metas del Progreso Personal, decidí orar a Dios para que me ayudara a tener caridad. Lo primero que pude entender es que debía ver a las personas como lo que pueden llegar a ser y no solo como lo que son actualmente, tal como lo enseñó el presidente Thomas S. Monson.

     

    En mi casa hay más miembros de la Iglesia, pero no participan activamente del Evangelio. Así que la mayoría de las veces yo asisto sola a las reuniones. Sin embargo, decidí que podía hacer algo en mi hogar por mis seres queridos. Desde antes de mi bautismo tomé la iniciativa de hacer las noches de hogar, orar o leer las escrituras como familia.

     

    Los domingos o los lunes los reúno —a los cinco miembros de mi familia (mis padres, dos hermanos y un primo)— en la sala y a cada uno le doy una asignación. Uno hace la oración, otro dirige el himno y yo comparto un mensaje. Todo es muy sencillo, pero de esta manera logramos unirnos en el Evangelio de forma sencilla pero constante.

     

    Mi consejo para otros jóvenes que viven en circunstancias similares a las mías, es que no se desanimen. A veces nos toca sembrar sin poder ver los frutos; es probable que no se vean las bendiciones de forma automática, pero la esperanza es que Dios siempre cumple sus promesas.

     

    El élder Uchtdorf enseñó: “El amor del que habla Dios es la clase de amor que entra en nuestro corazón al despertarnos por la mañana, que permanece con nosotros durante todo el día y que nos hincha el corazón al pronunciar nuestras oraciones de gratitud al final de la noche”. Este amor es una característica que me ha ayudado a tener una sonrisa cada día y en cada situación.

     

    Hacer

     

    Como parte de la meta del valor Virtud, terminé de leer el Libro de Mormón. Doy testimonio de que el trabajar en el Progreso Personal puede ayudar a mejorar las relaciones familiares. En mi caso, todo ha ido mucho mejor, especialmente con mi padre.

     

    Tengo la meta de servir una misión y por eso me preparo para invitar a otros a venir a Cristo. El presidente Dallin H. Oaks, enseñó: “La intensidad de nuestro deseo de compartir el Evangelio es un gran indicador del grado de nuestra conversión” (“Compartir el Evangelio”, Liahona, enero de 2002, pág. 7).

     

    Así que sirvo como misionera de barrio, y con otros jóvenes salgo a visitar a personas que están conociendo la Iglesia. También he contactado en la calle, como lo hacen los misioneros de tiempo completo. En una ocasión, junto a las misioneras, tuve la oportunidad de testificar del Evangelio a una hermana que se bautizó. Esta experiencia me enseñó que un acto tan sencillo, como compartir mi testimonio, puede ayudar a otros a saber de Cristo.

     

    Nota: El artículo fue realizado a partir de una entrevista por Sergio A. Molina, Páginas Locales de la Liahona.