Él no tenía duda de que su madre lo sabía

    Primer consejero en la Presidencia del Área de Centroamérica

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    Este mes de noviembre nos trae el preciso versículo que leyó el joven José Smith en Santiago 1:5. Contemplemos en nuestras vidas el impacto de este particular versículo.


    Érase una vez un niño cuya familia vivía en circunstancias humildes. Muchos dirían que eran pobres en cuanto a las cosas del mundo. Pero la verdad, ¡eran muy ricos! Ellos tenían una madre que los reunía en casa para orar y para leer acerca de Jesucristo en la Biblia de la familia. “Ven, sígueme” era una parte natural de su diario vivir.

    Esta fiel familia creía en Dios y creía que Él los guiaría y los inspiraría, los protegería y proveería para ellos. Visitaron varias iglesias para rendir devoción, aunque su verdadera conversión al Señor sucedía dentro de su pequeño hogar centrado en Cristo.

    El pequeño niño creció viendo a su noble padre luchar para poner pan sobre la mesa. Observó la dependencia diaria de sus padres en el Salvador. En ocasiones veía a su madre escabullirse fuera de casa para encontrar un lugar en donde orar y suplicar a Dios por las necesidades de la familia.

    En su adolescencia, el niño se sumergió en las Escrituras. Tenía preguntas serias sobre la religión y cuál sería la correcta. Quería pertenecer a una iglesia, y se preguntaba a cuál debía unirse. Un día, mientras leía la Biblia, su corazón latió dentro de él al leer estas palabras: “Si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios… y le será dada” (Santiago 1:5). ¡Pensó en estas palabras una y otra vez! Sabía que necesitaba la sabiduría de Dios para guiar su vida.

    Afortunadamente, este buen joven, cuyo nombre era José Smith, supo exactamente qué debía hacer y a dónde ir porque había visto a su madre hacerlo antes. Fue una arboleda sagrada para ella mucho antes de que se convirtiera en la de él, y ahora en la nuestra. Ella había ido allí con sus súplicas y preguntas, y ahora él seguiría su ejemplo de rectitud.

    Al entrar en la arboleda, José recuerda, “Me arrodillé y empecé a elevar a Dios el deseo de mi corazón.” Después de sobreponerse a un enorme intento del adversario para detener su oración, él relata, “Vi una columna de luz, más brillante que el sol, directamente arriba de mi cabeza… Al reposar sobre mí la luz, vi en el aire arriba de mí a dos Personajes, cuyo fulgor y gloria no admiten descripción. Uno de ellos me habló, llamándome por mi nombre, y dijo, señalando al otro: [José,] Este es mi Hijo Amado: ¡Escúchalo!” (José Smith—Historia 1:15–17).

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    La oración del joven José fue contestada, en la que se le aconsejó no unirse a ninguna de las iglesias en ese tiempo. ¿Y a quién creen que José le habló primero sobre su visión celestial? A su madre, relatándole que “he sabido a satisfacción mía” lo que debía hacer (José Smith—Historia 1:20; véase también David A. Bednar, “Preparados para recibir cuanto fue necesario”). Ella le creyó. Su padre y el resto de su familia le creyeron. ¡Y yo también, con todo mi corazón!

    A toda la juventud de la Iglesia, el presidente Russell M. Nelson, nuestro profeta, ha invitado, “Ahora, ruego a cada uno de ustedes que hagan lo que hizo el joven José. Dirijan sus preguntas directamente a su Padre Celestial en oración. Pídanle, en el nombre de Jesucristo, que les guíe. Pueden aprender por ustedes mismos, en este tiempo a su edad, cómo recibir revelación personal. ¡Y nada marcará una diferencia más grande en su vida que eso!” (“Juventud de Israel”, junio de 2018).

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    Como miembros de la Iglesia, estamos cerca de completar el Nuevo Testamento, nuestro primer curso del inspirado currículo Ven, sígueme. Este mes de noviembre nos trae el preciso versículo que leyó el joven José en Santiago 1:5.

    Mientras contemplamos en nuestras vidas el impacto de este particular versículo en este singular joven, honramos también el eterno impacto de todas las madres, quienes —como Lucy Mack Smith— a pesar del tira y encoge, del rigor de la realidad de la vida, se esfuerzan por reunir a sus familias para enseñar y aprender juntos el evangelio de Jesucristo. Ya sea que vivan en San Salvador, San José, San Pedro Sula o Lago Salado, siempre recuerden que gracias a ustedes, sus hijos e hijas, como el joven José Smith, crecerán con la seguridad y dirección de Dios en sus vidas. Alabarán sus nombres con esta poderosa afirmación: “No dudamos que nuestras madres lo sabían” (Alma 56:48).

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    A todas las mujeres de la Iglesia, el presidente Russell M. Nelson las inspira: “Hoy… necesitamos mujeres que sepan cómo hacer que las cosas importantes sucedan mediante su fe y que sean defensoras valientes de la moralidad y la familia en un mundo enfermo por el pecado. Necesitamos mujeres que sean devotas en pastorear a los hijos de Dios por la senda del convenio hacia la exaltación; mujeres que sepan cómo recibir revelación personal, que entiendan el poder y la paz de la investidura del templo; mujeres que sepan cómo invocar los poderes del cielo para proteger y fortalecer a los hijos y a la familia; mujeres que enseñen sin temor” (“Una súplica a mis hermanas,” octubre 2015).

    Junto con nuestro amado profeta, yo testifico que Dios, nuestro Padre Celestial, desea ansiosamente escucharnos. Él responderá las oraciones sinceras de todos Sus amados hijos e hijas. Doy testimonio que el profeta José leyó ese especial versículo, y “con fe, no dudando nada” (Santiago 1:6), siguió su divina invitación de preguntar a Dios. Doy testimonio que esta humilde oración abrió los cielos y que el Padre Celestial y Su Amado Hijo, Jesucristo, lo visitaron. Yo sé que esto es verdad y se los testifico con gozo por el pacífico poder del Espíritu Santo.

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