Cuidar a los recién conversos

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    Deseo reforzar tres consejos para evitar la tragedia de que la fe de un amado hijo de Dios se enfríe.


    El presidente Gordon B. Hinckley, décimoquinto presidente de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, nos enseñó: “Debemos sensibilizar constantemente a los oficiales y miembros de la Iglesia de la tremenda obligación de hermanar en una manera muy real, cálida y maravillosa a aquellos que vengan a la Iglesia como conversos, y de tenderles la mano con amor a aquellos que, por una razón u otra, se adentren en las sombras de la inactividad”.

    También recalcó la importancia de que todos deben tener “un amigo, una responsabilidad y ser nutridos por la buena palabra de Dios”. Al seguir los consejos de los profetas modernos y el Plan del Área establecido por la Presidencia del Área de Centroamérica, estaremos preparados para cumplir con esta importante responsabilidad.

    El presidente Hinckley también advirtió: “Esta obra atiende a las personas, siendo cada una de ellas un hijo o una hija de Dios. Al describir sus logros, hablamos en términos de números; sin embargo, todos nuestros esfuerzos deben estar dedicados al desarrollo individual de la persona”.

    Continuó: “Deseo hacer hincapié en que existe un crecimiento neto muy positivo y maravilloso en la Iglesia… Tenemos todos los motivos del mundo para sentirnos animados. No obstante, todo converso cuya fe se enfría representa una tragedia. Todo miembro que se inactiva es un asunto que debe preocuparnos en sumo grado”. (Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Gordon B. Hinckley, capítulo 22).

    Deseo reforzar tres consejos para evitar esta tragedia de que la fe de un amado hijo de Dios se enfríe.

    Primero: Mostrar amor sincero como una extensión del amor de Dios.

    El amor es la fuerza motriz de la obra misional. El genuino amor es poderoso; las personas realmente lo sienten. Debemos realmente amar a otros, especialmente a los que están conociendo la Iglesia y los que se acaban de bautizar.

    Muchos de nosotros nacimos dentro de una familia con la cual generamos lazos fuertes de amor al grado de estar dispuestos a sacrificarnos los unos por los otros. Años atrás, mi segundo hijo sufría de fiebre alta por una enfermedad; la fiebre no bajaba de 40 grados. Al llevarlo al hospital los doctores me indicaron que debería bañarlo con agua fría. Mi hijo temblaba y con sollozos me decía, “Papi, no aguanto el frío. ¿Por qué me bañas con agua fría?” Yo sufría fuertemente por dentro e incluso oraba solicitando a Dios el Padre que se me permitiera tomar su lugar y sufrir sus dolores.

    Esta experiencia y otras similares me han llevado a pensar muchas veces las palabras registradas en el libro de Juan: “Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo Unigénito para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16). El Dios del cielo tenía poder de responder a la súplica “Padre, si quieres, pasa de mí esta copa” (Lucas 22:42). Sin embargo, Él mostró un amor genuino por el resto de Sus hijos permitiendo el sufrimiento de Su también amado Hijo.

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    Qué responsabilidad tenemos todos de amar a otros. Como enseñó José Smith el Profeta, “Los propósitos de nuestro Dios son grandiosos, Su amor inconmensurable, Su sabiduría infinita y Su poder ilimitado; por lo tanto, los santos tienen motivo para regocijarse y alegrarse” (Enseñanzas de los presidentes de la Iglesia: José Smith, capítulo 2).

    Él nos solicita que lo amemos con todo el corazón, alma, mente y fuerza (Marcos 12:30). El rey Benjamín enseñó que “cuando os halláis al servicio de vuestros semejantes, solo estáis al servicio de vuestro Dios” (Mosíah 2:17). Así que, al mostrar amor genuino por nuestro prójimo, nos parecemos a nuestro Salvador y nuestro amado Padre Celestial.

    Podemos manifestar amor genuino por medio de la ministración. La verdadera ministración nace del corazón; es un deseo puro de servir convertido en obras. Los siguientes dos pasos muestran una forma práctica y sencilla de ministrar por nuestro prójimo.

    Segundo: Leer el Libro de Mormón con los que están conociendo la Iglesia, con los recién bautizados o vueltos a activar.

    En los inicios de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, José Smith dijo “Declaré a los hermanos que el Libro de Mormón era el más correcto de todos los libros sobre la tierra, y la piedra clave de nuestra religión; y que un hombre se acercaría más a Dios al seguir sus preceptos que los de cualquier otro libro” (Introducción del Libro de Mormón).

    En el monte de Galilea, Jesús les dijo a sus Apóstoles: “Id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (Mateo 28:19).

    El Señor necesita verdaderos y convertidos discípulos a Su evangelio, que confíen y tengan un testimonio de Su sacrificio y sangre expiatoria. Los discípulos de Jesucristo tienen que estar dispuestos a tomar Su cruz y seguirle y guardar Sus mandamientos. El leer el Libro de Mormón provee la fuerza y el poder para lograr esto. Este libro fue escrito para nosotros y tiene el poder de ayudar en el recogimiento de Israel.

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    Sabiendo todo esto, ruego que salgamos a leer el Libro de Mormón regularmente con los misioneros con aquellos que están conociendo la Iglesia para que reciban un testimonio al leer el Libro de Mormón y aplicar sus enseñanzas. Podemos dedicar una noche al mes o con la frecuencia que nos sea posible.

    El Libro de Mormón es la clave de nuestra religión. Cuando uno llega a saber que el libro es verdadero, entonces sabe por revelación que José Smith fue un profeta y acepta el resto de las revelaciones modernas. Este hábito deberá continuar después del bautismo; entonces su conversión se profundizará y muy difícilmente querrá dejar la Iglesia.

    Tercero: Asistir al templo y hacer la obra por los antepasados.

    Recientemente el obispo de un barrio de la Ciudad de Guatemala compartió conmigo la experiencia de llevar a una pareja de no miembros al templo. Ellos sintieron fuertemente el espíritu del templo y tuvieron el deseo de orar. Al hacerlo recibieron la respuesta de que deberían bautizarse en la Iglesia.

    Son muchas las historias que demuestran el poder del templo en los que están conociendo la Iglesia y el impacto en su conversión. El presidente del Templo de la Ciudad de Guatemala enseña que todos los recién conversos deberían pasar de la pila del bautismo en la capilla a la pila del templo.

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    Los recién conversos que asisten con regularidad al templo para hacer la obra por sus antepasados sentirán —y aquellos fieles miembros que sean sus acompañantes recibirán— las bendiciones que prometió el élder Dale G. Renlund del Cuórum de los Doce Apóstoles. Entre las bendiciones que mencionó están las siguientes:

    • “Más comprensión del Salvador y de Su sacrificio expiatorio.
    • “Más influencia del Espíritu Santo en nuestra vida para disfrutar de fortaleza y guía para nuestra propia vida.
    • “Más fe, la cual hace que nuestra conversión a Él llegue a ser profunda y perdurable.
    • “Más capacidad y motivación para aprender y arrepentirnos, gracias a la comprensión de quiénes somos y de dónde venimos, así como una visión más clara de a dónde vamos.
    • “Más influencia refinadora, santificadora y moderadora en nuestro corazón” (“La obra del templo y de historia familiar: Sellamiento y sanación”).

    Finalmente, para lograr estas bendiciones, se requiere el trabajo de todos: el obispo que entrevista a los nuevos conversos la primera semana después del bautismo, hermanos(as) ministrantes que acompañan a los misioneros en las cinco lecciones para miembros nuevos, un consejo de barrio enfocado en acciones específicas que ayuden a los hermanos en su progreso y el verdadero amor de aquellos que de gracia hemos recibido y de gracia debemos de dar.