Por Jennifer S.

    Seminario me ayudó a ejercer fe y a tener una perspectiva eterna

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    Quienes han vivido la experiencia de estudiar seminario saben que no es fácil. Pero todo esfuerzo tiene su recompensa, en esta vida y en la eternidad.

    En los primeros dos años de seminario, hubo días en los que me agobiaba todo lo que tenía que hacer después del colegio y a pesar de eso ir a las clases en la Iglesia. “Una hora desperdiciada”, solía pensar. Cada día emprendía la estresante caminata junto a mi hermano mayor. Llegaba a la clase, oía lo que decían, pero no escuchaba realmente lo que la hermana Margarita, una de mis maestras, enseñaba.

    Yo observaba cómo mi hermano mayor manejaba con tranquilidad el tener que ir a seminario y cumplir al pie de la letra con todas sus obligaciones, tanto en el colegio como en casa. ¿Cómo lo hace?, pensaba. Un día decidí orar y preguntar al Padre Celestial qué podía hacer, ya que no soportaba tanto estrés.

    Al final de esa semana, en la reunión sacramental, me enteré de que a mi hermano se le había asignado un discurso para la reunión de ese día. Yo no le había comentado lo que pregunté en mi oración, pero me asombró que en una parte de su discurso mencionó que él experimentó lo mismo que a mí me sucedía. La diferencia entre los dos, es que él recurrió a las escrituras para encontrar su respuesta.

    El versículo, parafraseado, decía que tenemos que poner primero al Señor, y luego veríamos cómo todo lo demás se resolvería (véase Mateo 6:33). Asombrada, comencé el experimento. Aplicaría la escritura a mi vida todos los días, y ¡funcionó! Terminé el año de seminario estudiando el Nuevo Testamento, y me descubrí emocionada cuando se acercaba el mes para comenzar mi tercer año.

    Las escrituras no mienten; el Señor cumple sus promesas.

    Le dí a seminario la importancia que merecía y manejaba mis clases, tareas y exposiciones del colegio de una manera aplicada, pero más relajada. Aprendí muchísimas cosas nuevas ese año, y también resulté aconsejando a los jóvenes que me comentaban se encontraban como yo me sentía antes.

    Puedo testificar que seminario realmente es un programa inspirado por nuestro amoroso Padre Eterno, para ayudarnos a concentrarnos en escudriñar las escrituras, amar a nuestro Salvador y Creador y olvidarnos un momento del mundo. La inspiración que tienen nuestros maestros al preparar las clases y transmitirnos sus conocimientos, es divina.

    Orar antes de recibir la clase y mantenernos concentrados en lo que escuchamos, verdaderamente nos ayudará a sentir la compañía del Espíritu Santo. He llegado incluso a llorar de la alegría al comprender tantas cosas durante la clase. Seminario me ayudó a actuar con fe, a recurrir a las fuentes divinamente señaladas cuando tengo alguna duda, y a cambiar la perspectiva temporal de mis acciones por una visión eterna.