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Por Kristina Reyes

Santificar el día de reposo, una experiencia gratificante

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'El perfecto ejemplo que tenemos de cómo debemos guardar el día de reposo nos lo dió nuestro Salvador.'


Mi nombre es Kristina Reyes, pertenezco a la estaca Cuzcatlán en El Salvador. Me uní a la Iglesia hace algunos años, cuando lo hice, no comprendía totalmente el significado de “guardar el día de reposo”. Como enseñan las escrituras (3 Nefi 24:10), he ido probando al Señor y me he dado cuenta de lo dulce que es guardar sus mandamientos y dar oído a sus promesas.

Recuerdo un período de mi vida en el cual guardar el día de reposo no era una prioridad, dejaba pasar por alto algunas cosas sencillas que con la frecuencia se convirtieron en grandes. Cuando me di cuenta, ya estaba atrapada en ese círculo, así que decidí volver a hacer las cosas que sabía que tenía que hacer en un domingo. El perfecto ejemplo que tenemos de cómo debemos guardar el día de reposo nos lo dió nuestro Salvador. En los evangelios Jesús nos enseña que en el día de reposo debemos servir a los demás “olvidarnos de nosotros, tomar nuestra cruz y seguirle”, entre otras cosas.

El domingo es el día de la semana destinado a dedicárselo por completo al Señor. A mí me gustan los domingos, como enseñó nuestro profeta, el presidente Russell M. Nelson, no hay una lista de cosas para hacer o dejar de hacer; más bien nuestras acciones deben demostrar gratitud a Dios por lo que Él hace por nosotros. Aparte de participar de mis reuniones dominicales y el sacramento de la Santa Cena, en ese día participo de reuniones o consejos de barrio, puedo salir a visitar, ayunar o servir a mi familia entre muchas cosas más. Algunos pensarían que no es un día de descanso; no importa cuántas cosas haya decidido hacer, al final del día puedo sentir paz con el Señor al saber que he hecho todo lo que pude en Su día para servirle a Él y a sus hijos.

He puesto al Señor en primer lugar, no solo al guardar el día de reposo, sino todos los días de mi vida; he notado cambios en mi carácter. Cambios que, de no ser por la influencia del Espíritu (Mosíah 3:19), no serían posibles. Ruego porque cada uno de nosotros pueda decidir que el Señor es más importante que todo lo demás (Lucas 10:27). Porque de esa manera podremos tener la capacidad de servir más, amar más, juzgar menos, ser mejores esposas, esposos, padres e hijos y en general buenos ciudadanos; más como Cristo es.

Con la ayuda de Sergio Molina.